Entre Saint-Méry y  Blandy-Les-Tours

 en medio de los bosques el encuentro de un escultor contemporáneo

 y de una capilla restaurada

Qué la capilla Notre-Dame de Roiblay, acurrucada en el fondo de los bosques, hubiera sido reconstruida en 1803, después de las depredaciones del Convenio (reemplazando así una capilla del Duodécimo siglo) es un acontecimiento suma muy ordinario para la época.

Qué se decida un día que el trazado del camino de gran excursión  GR1 pasa por allí relevo de una coincidencia un poco más notable.

Pero a finales de este vigésimo siglo, reputado para ser materialista vilmente, el Ayuntamiento de Saint-Méry, llevada por su Alcalde señora Glikson, decida restaurar esta capilla, acontecimiento merece que se fija en eso. Tanto cuando la revisión se acompaña de un encargo que parece reanudar con la más pura tradición medieval: una estatua de la Virgen al Niño, financiado en parte por Esso-Rep que repite así el paso de las hermandades de burgués o a otra corporación de oficio, patrocinadores antiguos.

Un acontecimiento excepcional pues tanto por su rareza como por su calidad; ¡porque qué! Habríamos podido contentarnos con una copia cualquiera de Virgen como supo abastecer de eso el decimonono siglo. ¡Y bien no! No vacilamos en acudir a Michel Lévy artista contemporáneo. Todavía nos acordamos con emoción de la exposición de este escultor, realizada en Melun, en el Espacio Día de San Juan durante el invierno 1993-1994; la calidad de la obra y su presentación lo había hecho el gran momento cultural de la región. Al perteneciendo el taller de Michel Lévy a Blandy-les-Tours, a dos pasos de la capilla de Roiblay, plenamente podía así impregnarse del espíritu del sitio.

Un lugar que favorece la meditación, un escultor talentoso, a las preocupaciones espirituales; he aquí las condiciones ideales para una obra maestra y Señora Glikson no sintió su elección cuando Michel Lévy le propuso rápidamente la maqueta de la Virgen.

Hoy podemos juzgar por mí mismo delante de la escultura en sitio.  La elección del sujeto primero: una Virgen que amamanta, más bien original, sobre todo en escultura (en pintura encontramos de allí ya una imagen en el segundo siglo sobre las paredes de las catacumbas de Priscille a Roma; el tema se vuelve más frecuente en los iconos bizantinos. Pero en escultura, algunas representaciones esencialmente datan de los decimocuartos y decimoquintos siglos…. Dejemos allí la historia del arte y volvamos a nuestra Virgen de Roiblay).

¡ Qué idea más bella que esta elección de una Madre Nutricia, en medio de los bosques! Es toda la fuerza de la primera naturaleza, una materialidad que se encuentra en el mismo diseño de la base del abrigo de la Virgen que parece brotar de la tierra y confundirse con ella. Tenemos la sensación de ver los dedos del escultor que trabajan esta tierra con aspereza y energía, un sentimiento dejado intacto por la calidad notable de la fundición del bronce pero igual por el trabajo de patina quién acentúa admirablemente este efecto.

Sacado de la tierra, el abrigo se afina a medida que el ojo del espectador sube. El escultor comienza a controlar la materia, contratando la herramienta. ¡Una herramienta cada vez más fina, para pulido cada vez más preciso qué permite desempeñar plenamente su papel en el lado superior de la obra, el papel ô cuánto simbólica en esta ascensión hacia la espiritualidad para llegar a la perfección de los pliegues del velo!

Y luego hay un Niño, frágil en su desnudez, totalmente ocupado de mamar, con tanta avidez y naturaleza que su nariz y su puño se hunden en el seno materno.   ¿Cómo pensar en el Cristo cuando se ve esta imagen enternecedora?   ¡Y sin embargo! Mire el movimiento general de la Virgen y esta graciosa curva de la cadera, contrabalanceado a la izquierda por una elevación del borde del abrigo y por una mano que reequilibra todo. Un óvalo es creado así, una forma en almendra que habitualmente rodea el Cristo que triunfa en la tradición iconográfica.

Entonces aquí todo devuelve el Cristo y parece protegerlo: el redondeado si naturaleza del brazo de la Virgen, el velo que despega por encima de la cabeza del Niño, la mirada de la Madre, es ablandada por cierto pero de un puerto de cabeza lleno de nobleza, de serenidad, de veneración. Esta nobleza, esta atención se prolongan en la curva del brazo derecho y de la mano, tan simbólicamente larga y quien en un último gesto de elegancia todavía protege al Niño de la gente exterior y aparta el impertinente. Porque más allá de la búsqueda de equilibrio, más allá de la representación religiosa se alcanza una reflexión profunda.

Lo vemos en casa de Michel Lévy, aspereza y pulido, sombra y luz, calma y movimiento, material y espiritual…  todo es dualidad como en el resto de su obra por otra parte. ¡Y todo es pensado con tal naturaleza!

Pero no le describí todo: le hablé de este pecho que se estremece bajo el tejido del vestido, de estos cabellos que… No, no diré sobre eso más. Le dejo la alegría de descubrir la obra, a su vuelta.

Le deseo tener la misma emoción que yo. ¡ Esta emoción qué agarra a la garganta e impide decir una palabra, esta emoción que nos aumenta, a las que es tan difícil de explicar y a los que se huele cuánto es un momento privilegiado, que jamás será repetido ya que se trata de una obra de arte, única! Una emoción hecha posible porque un artista puso en eso toda su competencia, su experiencia, su conocimiento, su imaginario y su sensibilidad. ¡Todo este talento qué metamorfosea un sujeto tratado en obra de arte, irreemplazable!

Gracias a Michel Lévy de probarnos, en la descendencia de Bernin, Carpas y otro Rodin, que es todavía posible crear de la Belleza.

Annette GELINET

Octubre Noviembre de 1995