Prefacio para la obra de MICHEL LEVY

por ANDRE CHOURAQUI

El influencia de la Biblia es universal. En cada una de sus páginas, describe al hombre muy entero, sus luces y sus sombras, su amor y sus odios, sus virtudes y sus vicios, sus desesperaciones y sonido invencible esperanza. No dejo de meditar sobre este influencia descubriendo la obra de Michel Lévy que, en cada una de sus páginas, revela la búsqueda de un hombre, su autor.

Niño se echa al descubrimiento de París. Es alla dónde descubre el universo entero y más especialmente el ser humano de quien está en busca. Deja a veces los cursos del liceo para refugiarse en el Louvre y en otros museos dónde se impregna de esculturas clásicas de la Grecia antigua, del Egipto y del Asia.  A veintiseis años persigue su búsqueda apasionada en estudios de medicina que emprende mientras que ya es un escultor conocido. Persigue sus estudios creando un servicio de terapia a l’ayuda de las artes, en gerontología.  La evolucion de su carrera doble de escultor y de médico lo obligan a elegir entre la medicina y la escultura.

La elección de Michel Lévy, la escultura, es al principio de una obra entre los más significativos de este vigésimo siglo: se sitúa en la inclusión de la humanidad entre dos abismos, el de inefable amor y el de la noche y de sus horrores.  Michel se halla en situación de manejar el fuego y el bronce como sus antepasados hacían con el calame y el pergamino para celebrar la Creación.  Su arte pone en ejecución la luz y la sombra, el movimiento y la inmovilidad, con el fin de fijar en el espacio su nueva creación, nacida de su arte y de su alma.

“Hay sólo una sola belleza, la de la verdad que se revela”, enseñaba Rodin (escultor francés).  Michel utiliza el fuego y el bronce para dar la vida a la realidad que lo vive.  Sus dedos enamorados obedecen a su mirada, y esculpen con la luz y la sombra las formas que lo atormentan.  Púdicas y serenas, parecen surgir de un sueño para ilustrar un mito.  La verdad de sus personajes nos penetra por la armonía de los cuerpos.  Surgen de una luz de la cual son el fruto.  En el exilio de tantos exilios, no podía sentirse en armonía ni con su siglo ni con las modas del arte contemporáneo.  Demasiado vivo, concreto en su búsqueda de la verdad, da la espalda a la abstracción, consagrado, su vida entera a reconstruir una nueva figuración, enriquecida por todos los descubrimientos de formas y de materias de su siglo.  Más allá de la relación que mantiene con el fuego y el bronce, las manos de Michel obedecen a la orden dada antaño por Aristote: obedecen a la dirección de su mirada y piensan.  Así, son anteriores a toda teología y a toda metafísica.  Anteriores también al sueño o al mito, cantan la magia extraña de una creación pura.    Michel Lévy saca su genio en lo más hondo de sus raíces que son anteriores a las modas y a las épocas.  La carta de su alianza es grabada por sus dedos en el bronce, en carácteres soberbios y hebraicos: es el texto de Shir ha Shirim, el Cántico de los Cánticos.   El hombre y la mujer, espléndidos en su desnudez, cantan su unión.  Ésta se hace cuando ambas persianas del tríptico son bajados sobre el tablero central.  En su centro quema el misterio del amor.   Esta obra maestra cuenta la vuelta de Michel hacia sus raíces que en su maletero central queman y no se consumen.

” La Dualidad ” este bronce policromo a los símbolos múltiples, como todas las estatuas salidas del genio de Michel Lévy, chantre de la realidad, nos hace tomar conciencia del drama esencial del hombre.  Éste, si quiere sobrevivir, debe elegir la vida frente a la muerte, la paz frente a la guerra, el amor, no la muerte.  Entonces sus ángeles a las alas quebradas, sus hombres a los brazos paralizados, a las manos amputadas recuperarán la plenitud de sus luces y de su vida.

Mediador entre el Oriente dónde se sumirsen las raíces de su arte y de su cultura y de Occidente, el talento de Michel Lévy se abre más allá de todo estetismo, en la creación de uno más allá del simbolismo y más allá de el expresionismo.  Su mensaje se nos transmite claramente en su obra: ésta tiene como vocación de contribuir, como todo verdadero poema, a hacer surgir la luz de las tinieblas, el bien del malo, la belleza de la fealdad.


ANDRE CHOURAQUI

JERUSALÉN ,  octubre de 1998